El temporal llegó antes que la Noche Buena. Viento y
lluvia fuera de control. La madre tierra haciendo sentir su enojo. Mi casa nido
como otras casas nido de la zona, casi boscosa, temblando a la intemperie.
Corpulentos árboles y postes y cables arrasados. La noche alumbró con destellos
de relámpagos. Truenos y crujidos de madera. El agua incesante nubló la
tragedia. Zozobra, y restos del naufragio.
Es la hora en que llega Modesto Gómez, quien
sigilosamente escalará la ruta del árbol herido. Desde lo alto de ese atalaya
oteará el horizonte, seccionará rama por rama hasta llegar a la cúspide.
Modesto dice estar en su mundo. Silencioso y
solitario mundo, próximo a las puertas del cielo y a la bondad de las
estrellas. Su oficio lo heredó de su padre, un hachero chaqueño. Hace su
trabajo como un verdugo compasivo que ejecuta una sentencia inevitable. Los
pájaros duendes del encanto enmudecen y se alejan al verlo llegar con su fiel
motosierra.
Modesto cumple un ritual y cada vez que trepa a un
árbol pide disculpas. Sus disculpas son sinceras, de corazón, y por tanto la
hermandad de los pájaros lo protegen, y los árboles santuarios lo perdonan.
C.M.

No hay comentarios:
Publicar un comentario