Hace
unos días tuve una sorpresa. Aquí en un barrio de quintas de la zona noroeste de
la Provincia de Buenos Aires, apareció un pintoresco joven arrastrando un
carrito, en el cual llevaba dos perros tipo foxterrier, un palo con un gancho, una
red y una jaula. Es habitual que pasen personas caminando, voceando y tocando las campanas: afiladores, jardineros, deshollinadores, cartoneros, vendedores
ambulantes, botelleros, hasta fieles de alguna iglesia. En la Provincia de
Buenos Aires todo es posible, pudiendo entrelazarse sueño, pesadilla y realismo
mágico o delirante. Sin embargo el joven de apariencia desalineada, casi
campesina, de mirada lobuna y piel de color terroso, inyectada de tatuajes,
logró sorprenderme con su propuesta. Ni más ni menos, con su palabra ruda y
respetuosa, me dijo que recorría el barrio ofreciendo sus servicios. Al
preguntarle de que se trataba, logró paralizarme con su respuesta: cazador de ratas, brindaba atención
personalizada al vecindario. Sobre la paga, aclaró que cobraba por cada cola de
rata.
Viajando
allá lejos y en el tiempo, recordé algo de John Wheeldon, más conocido como
John Gaunt. Vivía en Sawmills condado de Caldwell, estado de Carolina del
Norte, y trabajaba para una compañía ferroviaria la Midland Railway Company. John viajaba por las líneas como cazador
de ratas. Era un personaje muy singular, trabajaba con sus perros terrier,
y hasta llegó a entrenar zorros, los cuales eran más efectivos para atrapar a
los roedores. Una forma de ganarse decentemente la vida, en época de peste y
miseria.
Largos
días me quedé pensando en el acontecimiento. Luego supe por vecinos, que ya el
muchacho gozaba de buena reputación, habiendo logrado una buena faena.
C.M

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